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Nuestra filosofía

En la sociedad actual, un número significativo de personas ha practicado, al menos por un tiempo limitado, algún tipo de arte marcial. La difusión de las diferentes tradiciones marciales se ha dado, en primer lugar, a través de los medios de comunicación. El cine y la televisión han sabido resaltar los aspectos más llamativos de las diferentes tendencias marciales, quedándose, en la inmensa mayoría de los casos, en la exposición comercial de unas cuantas técnicas sofisticadas, puestas en práctica por personas ciertamente ágiles o, al menos, retocadas a través de los efectos que puede producir la técnica cinematográfica actual, gracias a los avances de la tecnología.

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La segunda gran vía de difusión marcial se ha dado a través de la adaptación de muchos estilos y técnicas al ámbito deportivo. Hablamos de adaptación porque, en su origen, todo arte marcial nació alejado del espectro meramente competitivo, como se verá más adelante. Es conocido por todos que existen torneos de diferentes estilos, algunos de ellos gozan de rango olímpico, y otros, lamentablemente, llegan a aproximarse mucho a los tan criticados, por denigrantes, espectáculos macabros de la Roma decadente. Estos últimos suelen funcionar al margen de la ley; en cambio, los primeros suelen enmarcarse dentro de las asociaciones y federaciones deportivas reconocidas a nivel nacional, regional e inclusive mundial; o al menos en grupos legalmente constituidos dentro del ordenamiento estatal.

Una tercera fuente que ha motivado el desarrollo de las artes marciales ha sido la necesidad de encontrar cierta forma eficaz de defensa personal en sociedades que, cada vez con mayor evidencia, manifiestan rasgos de comportamientos violentos. Es notable cómo un elemento de diaria administración puede convertirse en fuente de tensión, ansiedad, estrés y mal trato: me refiero al tráfico urbano, donde parecemos enemigos los unos de los otros. La necesidad de unos conocimientos de autodefensa frente a la creciente delincuencia en las grandes ciudades, al menos en el llamado “tercer mundo”, también es otro detonante que motiva al estudio y práctica de las artes marciales: cerca o lejos de hogar o el lugar de trabajo, es difícil caminar sin imaginar la no remota posibilidad de sufrir un asalto, inclusive con armas de fuego.

Podría enumerarse una cuarta razón por la que ciertas personas practican algún tipo de arte marcial: una inclinación natural hacia la armonía, la belleza, la exigencia y el sentido de superación que encuentran en ellas. Es una especie de intuición que permite establecer cierto contacto con la voluntad de aquellos hombres que han desarrollado las diferentes formas de marcialidad a lo largo de la historia, sobre todo en oriente: India, China, Japón, Corea, Birmania, Tailandia, Indonesia, Malasia y Filipinas. De aquí suele nacer un sincero deseo de conocer a fondo los escritos, e inclusive los lugares donde estos padres de la marcialidad desarrollaron sus tradiciones.

Este último punto de partida, menos práctico y más espiritual, menos interesado o egoísta y más abierto a los valores de la persona, suele convertir la frecuente dedicación marcial en un auténtico camino. No es por esto ninguna casualidad que, en la gran mayoría de las tradiciones marciales, se utilice el término camino, do ( ) para explicar que todo auténtico recorrido marcial, aún sin perder su eficacia como método de defensa y ataque, no va separado del diario acontecer, sino más bien lo transforma y lo enriquece. Basta recordar el nombre de los principales linajes marciales: Kárate-do, Taekwondo, Tangsudo, Aikido, Judo, Jeet-kune-do. Un verdadero discípulo de cualquiera de los anteriores estilos mencionados u otros, procurará que su vida refleje un comportamiento acorde con su do o camino. Por esta misma razón, tales personas suelen ser pacíficas, ajenas a la confrontación innecesaria, perseverantes, pacientes, abiertas al diálogo.

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Puede suceder también que, aquellos que iniciaron su conocimiento marcial a través de cualquiera de las tres primeras vías mencionadas, se deje deslumbrar por los elementos más profundos de su arte marcial, y descubra también el camino auténticamente enriquecedor que lleva implícita la práctica marcial tradicional, auténtica. Lógicamente, aquellos que se empeñen en cerrar el horizonte marcial a una preparación física capaz de derrotar al oponente, se alejan de toda raíz u origen marcial, quedándose con una idea superficial de lo que pretendían los sabios y admirados maestros de oriente.

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